domingo, 16 de octubre de 2016

De lo que me he enterado!!!!

Me acababan de contar un chisme de lo más sorprendente y morboso. Un chisme que ya había traspasado fronteras y corría de boca en boca como una de las historias más escandalosas de la ciudad. ¿Podría ser aquello verdad?. Conocemos el dicho: "cuando el río suena agua lleva", pero, ¿quería convertirme en cómplice de tal injuria?. Por supuesto que no.

No era la primera vez que llegaban a mis oídos habladurías acerca de engaños, cuernos y otros líos de compañeros de trabajo, incluso de amigos muy íntimos, pero de niña me enseñaron una regla de oro para la convivencia: "no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti", a la que por experiencia suelo añadir: "no creas todo lo que te cuenten". Por lo tanto, no sólo hago oídos sordos a las críticas maliciosas, sino que intento frenar la rueda de enredos poniendo en tela de juicio la veracidad de los hechos. Sólo así puedo sentirme bien con mi propia conciencia.

Tan sólo imagínate cómo te sentirías si de repente te enteras de que eres la comidilla del trabajo, el foco de atención de todo el barrio, y todo porque un día, a un despreciable personajillo se le ocurrió la jugosa idea de decir, por ejemplo, que estabas liada con tu jefe, siendo por supuesto absolutamente falso. ¿Cómo reaccionarías?. ¿Cómo se sentiría tu pareja, tus hijos o tu familia?. ¿Cómo influiría eso en tu forma de vida?.

 Calumniar e injuriar a alguien son asuntos muy graves, son delitos contra el honor que además son querellables. Así que antes de hablar mal de alguien, deberíamos pensarlo tres veces y preguntarnos si la información es cierta, si se va a utilizar para algo bueno y si es verdaderamente útil para la otra persona.

Dejemos a cada uno vivir su vida, respetemos sus decisiones personales y evitemos lanzar y difundir injurias que denigren la integridad de la gente porque de lo contrario, no sólo podríamos hacernos responsables de crear un daño, a veces irreparable, sino que se trata de una de las bajezas más grandes del ser humano que esconde personalidades envidiosas, soberbias, aburridas, insatisfechas y llenas de rencor. 

¿Quiénes somos para juzgar la vida de los demás? 

Vivamos nuestra vida, solucionemos nuestros propios problemas y tratemos de ser felices sin necesidad de desacreditar la conducta del prójimo para ensalzar la nuestra. Porque al fin y al cabo, las personas que disfrutan criticando con maldad, dicen mucho de sí mismas con su actitud, y eso, lo define muy bien la siguiente frase: "Lo que dice Juan de Pepe dice más de Juan que de Pepe". Así que tenlo en cuenta la próxima vez que te vengan con cotilleos y no te fíes del mensajero.


Recuerda: antes de criticar pregúntate si es cierto, si es bueno y si es útil.








domingo, 9 de octubre de 2016

Un diablillo en la carretera

El otro día tuve una experiencia de esas que te marcan el día, y es que cuando uno se pone la gorra de conductor, brota el diablillo que llevamos dentro y que nos hace reaccionar de forma inesperada y sorprendente.
 
Hasta yo, que me tengo por una persona pacífica y conciliadora, cuando me pongo ante el volante, puedo convertirme en toda una "conductora agresiva" y soltar cualquier improperio que, en mi sano juicio, sería incapaz de decir. Por eso, tengo por norma tomarme cada trayecto con calma y disfrutar escuchando música, cantando y sonriendo, eso sí, sin apartar los cinco sentidos de la carretera.

Sin embargo, a pesar de poner la mejor de mis intenciones para que todo marche sobre ruedas, a veces viene alguien y me toca la fibra sensible. ¡Y es que no soporto que me piten!.
 
Por la cuenta que me trae, siempre trato de respetar las normas de conducir, por lo tanto, que me pisen los talones para achucharme o que me toquen el claxon para que acelere -cuando encima ya he sobrepasado los límites de velocidad- me ataca los nervios, y no sólo eso, como además me parece una falta de respeto, de educación y de civismo, suelo reaccionar de manera contraria a la que esperan, es decir, que ante los achuchones, yo lo que hago es pisar el freno e ir más despacio :-).

Pues estaba ese día dando vueltas por las inmediaciones de mi oficina en la difícil tarea de encontrar un sitio donde aparcar, cuando un tipo desde una furgoneta roja empezó a pitarme y a hacer aspavientos para que acelerase la marcha. Aunque pisé un poco el acelerador, tuve que seguir escuchando la molesta bocina y viendo sus gestos zafios a través del retrovisor.

Mi diablillo estaba a punto de hacer su aparición cuando de repente vi a lo lejos cómo alguien se preparaba para sacar su coche de una plaza. Con una alegría inmensa me acerqué y conecté el intermitente para señalizar el aparcamiento. Aún así, el tipo barbudo de la furgoneta no paraba de pitarme para que le dejara pasar. De verdad que ya no lo podía soportar. ¡Con lo feliz que me había levantado aquella mañana! 

Pero no acaba aquí la cosa, justo cuando me disponía a aparcar en el sitio que había quedado libre, de repente aparece un individuo y se planta en medio de la plaza que yo ya consideraba mía. Ni corta ni perezosa, atravesé el coche con ademán de aparcar y me coloqué justo delante de él indicándole con gestos que se apartara.

Como el de barbas seguía pitando y este nuevo personaje no tenía intención de moverse, directamente apagué el motor y me crucé de brazos a esperar que mi contrincante se marchara por su propia voluntad. Y mientras tanto, él me decía que el sitio era suyo y yo le contestaba que dónde estaba su coche, que yo había llegado antes. Y a su vez él me replicaba que necesitaba el sitio porque iba a trabajar todo el día por allí, y yo le hacía entender que yo no me iba precisamente de fiesta a esas horas.

El caso es que en un par de minutos se había formado una inmensa cola detrás del barbas que seguía pitando pidiéndome, esta vez con razón, que le dejara pasar. ¡Me sentí la persona más bucéfala del mundo!.

Y justo cuando empezaba a plantearme si debía darme por vencida, dejar el sitio al tipo ese y dar cincuenta mil vueltas más para encontrar otro lugar, apareció por mi derecha una personita que plantó  cara al grandullón ordenándole con una seguridad aplastante  que me dejara aparcar.

¡No me lo podía creer!. Yo, que había cerrado las ventanas, había puesto el seguro y me sentía mala malísima, una criatura angelical, de dulces rizos vaporosos consiguió mover de allí a aquella mole que no daba crédito a cómo una mujer tan chiquitita le pudiera dar órdenes de aquel modo.

Por supuesto di las gracias a mi heroína y me disculpé por el atasco que había provocado, y ella, muy tranquila, me contestó que no me preocupara porque yo tenía toda la razón. 

Finalmente conseguí aparcar y cuando me desabroché el cinturón, respiré hondo y me sentí francamente incómoda con la situación que había generado. Me quedé sentada un rato para reflexionar sobre lo que había pasado.  Quizá me había sobrepasado con mi actitud pero además, me asaltó la duda de si a consecuencia del problema alguien me podría pinchar las ruedas o hacerme alguna faena similar. Afortunadamente nada de eso ocurrió.
 
La verdad es que nunca sabes la reacción de la gente ante diversas situaciones y por eso siempre suelo evitar cualquier enfrentamiento con personas desconocidas. En esta ocasión sentí la necesidad de hacer valer mis derechos pero  es cierto, que si no hubiera sido por mi angelical heroína, no sé cómo habría acabado esta historia.
 
Y tú, ¿Qué hubieras hecho en mi lugar?

sábado, 1 de octubre de 2016

Un paseo, una experiencia y una canción


Desde la barandilla del mirador de la Providencia, las tres, mirábamos embelesadas cómo embestían las olas contra el acantilado. El paseo hasta allí nos había parecido largo y caluroso debido a las empinadas cuestas y al tórrido sol del mediodía. 

Refugiadas bajo unos sombreros de paja y aferradas a nuestras botellas de agua, recorrimos el camino entretenidas, observando los bellos paisajes y haciendo divertidos selfies con el teléfono móvil.
 
El penetrante aroma que desprendía el bravísimo mar, me hizo evocar otros tiempos en los que la costa Cantábrica formaba parte de la cotidianidad de mi más tierna infancia.

Mi hija también se dejó embriagar por aquellas sensaciones pero sus pensamientos estaban en otro lugar, su mirada se dirigía hacia las alturas, donde coloridos parapentes planeaban bordeando el litoral, desafiando atrevidos la ley de gravedad. Ella deseaba estar allí arriba, volar como un pájaro, sentir el viento en su cara y notar el abismo bajo sus pies. Su juventud le impulsaba a experimentar nuevas aventuras y además, estaba impaciente por estrenar su novísima cámara de vídeo Go-Pro.

Las vacaciones en Asturias estaban siendo fantásticas. Aquella era una oportunidad para convivir abuela, madre e hija de manera relajada y cordial. Atrás dejamos nuestras diferencias y los malentendidos que, en tantas otras ocasiones, nos habían hecho entrechocar. Aquel era un viaje obligado y postergado, pues no habíamos tenido el valor suficiente, para enfrentarnos antes a los recuerdos que podían emanar de todos aquellos lugares tan vividos en el pasado.

Gijón relucía bajo el sol estival. Sus cuidadas calles estaban rebosantes de vida y sus esmerados escaparates, eran un imán para la adolescente, que los miraba con exaltación. La ciudad seguía manteniendo su actividad en calles y bares. Todo parecía estar en su sitio, tal y como lo habíamos dejado años atrás. Apenas algún pequeño detalle; un monumento nuevo aquí, una nueva tienda allá. Sin embargo, algo mucho más profundo había cambiado para siempre.

El Muro, o "paseo del colesterol", como se conoce familiarmente a la avenida que se extiende a lo largo de la playa de San Lorenzo, resultaba ser un hervidero de gente de lo más variopinta; tranquilos paseantes, ávidos deportistas, surferos con sus tablas, ciclistas, jubilados, perros con dueños y turistas sofocados por un calor que muy probablemente no habían llegado a prever.

En la playa, unos tomaban el sol refugiados junto a las escaleras de acceso, mientras que otros, se fundían en las gélidas olas que llegaban desafiantes y burlonas a la orilla. Era refrescante sentir bajo los pies esa arena húmeda que nunca se seca porque, cada día, la pleamar sube mágicamente borrando cualquier huella humana, y advirtiendo a todos los mortales de su imponente poder.

Aquel día, las tres mujeres emprendimos un largo y bello recorrido hacia la Providencia. Atrás dejamos la hermosa ciudad y agotamos el Muro internándonos por caminos algo más solitarios y recónditos. Íbamos entonando canciones y a menudo nos parábamos para contemplar hipnotizadas el mar.

Desde la barandilla de la Providencia, se oyó un ahogado lamento. Con el viento en contra y entre sofocos y sollozos, apenas fui capaz de inspirar el aire necesario para entonar aquella canción, “Lacrimosa”, esa que ya nunca podría volver a cantar sin sentirme estremecida, sin notar los ojos humedecidos por alguna lágrima huidiza. Con esa pieza de Mozart me despedí ilusionada de él, sin saber que aquel sería nuestro último adiós.

Necesitaba interpretarla de nuevo, que las notas alcanzaran el viento, que se depositaran sobre el mar y se fundieran con la blanca espuma. Deseaba que mi voz llegase a la orilla, justo allí, donde su fragancia dormía mecida por las olas en un eterno sueño; justo allí, en el lugar que tanto disfrutó y amó.

Las tres mujeres, llorando, nos estrechamos en un compasivo abrazo, resignadas por el devenir de la vida y el acontecer de la muerte. Antes de emprender el regreso a casa, una joven consiguió convertirse, por fin, en un pájaro de inmensas alas de vivos colores, y surcó el cielo sonriendo feliz, con la sensación de sentirse protegida, desde aquel bellísimo lugar, por el inolvidable amor de su abuelo.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Decir adiós

Una de las situaciones más trágicas y difíciles de nuestra vida es cuando tenemos que enfrentarnos a la pérdida de un ser querido. Sea cual sea la circunstancia que nos separe definitivamente de una persona es sin duda una durísima prueba que en algún momento debemos afrontar y superar.

Poder despedirte de los tuyos tiene por otro lado cierto poder reconfortante porque, aunque sea una experiencia dura y amarga, nos permite manifestar por última vez nuestros sentimientos, decir todo aquello que no dijimos, perdonar, y sentirnos perdonados, y más importante aún, es un acto de amor en el que lo principal es que aquel que se va, lo haga rodeado de verdadero cariño.

Sin embargo, no siempre tenemos oportunidad de despedirnos, lo sé por experiencia, y por eso considero importantísimo vivir sin asuntos pendientes que resolver, sin demorar los encuentros con la gente que realmente nos importa y sin dejar de demostrar cada día cuánto nos interesan esas personas a las que amamos.

En la vorágine de nuestro día a día rara vez somos conscientes de que hoy puede ser el último día, y cuando ese día llega, porque algún día ha de llegar, aparecen los remordimientos por todo lo que hicimos mal y todo lo que no hicimos bien.

¡Cuántas veces nos distanciamos de las personas por malentendidos absurdos! Pero si la rabia y el orgullo no nos cegasen, si nos dispusiéramos a hablar, y más importante aún, a escuchar, si tuviéramos la sana intención de querer aclarar nuestras diferencias, entonces evitaríamos esos conflictos que no nos dejan dormir en paz, y sobre todo, nos libraríamos de ese desasosiego que siempre nos acompañará por no haber sido valientes, por falta de entendimiento, por no saber perdonar.

Así que amigos, abrid vuestros corazones, demostrad vuestro cariño y estad abiertos al perdón, al fin y al cabo ¿quién no se ha equivocado alguna vez?

"Vive cada día como si fuera el último de tu vida"

domingo, 18 de septiembre de 2016

Tiempo de Cambios

Se cumplieron mis temores y de la noche a la mañana la temperatura cayó en picado pillándonos a todos, como quien dice, con las sandalias puestas.

En esta época medio veraniega y medio otoñal me divierte ver cómo el "Street Style"  se convierte en una pesadilla para quienes no saben cómo afrontar el cambio de temporada y piensan que, en cuestión de moda, todo está permitido. De esta forma aún podemos encontrar coloridos vestidos y pies casi desnudos caminando ateridos por la calle, mientras que las botas cowboy y los sofocantes jerséis hacen ya aparición en nuestras ciudades.

Es tiempo de retirar las prendas más playeras de nuestro armario y aprovechar los últimos coletazos del verano para seguir luciendo nuestros conjuntos favoritos añadiéndoles un toque personal como una cazadora vaquera, una cálida chaqueta o un confortable pañuelo alrededor del cuello. Estos complementos se convertirán en aliados perfectos para estos días, sin olvidarnos, por supuesto, de la prenda estrella de todas las temporadas, los socorridos jeans, ya sean azules o blancos, que nos pueden sacar de más de un apuro.
 
Y con la llegada del otoño, aparecen los primeros síntomas de tristeza pos-vacacional. Atrás quedaron los largos días del verano y el "dolce far niente" de las vacaciones. Pero la vida continúa y no podemos dejarnos abatir por la vuelta a la rutina. Del trabajo a casa y de casa al trabajo. Saca tiempo para ti, planifica actividades que te motiven y trata de mantenerte activo con ejercicio y llevando una dieta sana y equilibrada.
 
Yo misma ya tengo la agenda semanal casi completa con actividades "extraescolares" que sé que me van a mantener alejada de la monotonía. Voluntariado, gimnasio, piscina, spa, escritura, canto... 

¡Pues sí! Este año he decidido ampliar mis horas lúdicas y después de muchos años he regresado como hija pródiga al polideportivo donde sorprendentemente estoy creando una bonita historia de amistad con la elíptica. Ahora toca convertirlo en hábito aunque para eso dicen que hace falta repetirlo durante 20 días. ¡Y voy a conseguirlo!

¡Hasta pronto amigos!



 

jueves, 8 de septiembre de 2016

¡Qué calor!

La exclamación más repetida por todos los españoles durante esta semana. No recuerdo un mes de septiembre más caluroso que este, ¡Si hemos sobrepasado los 40ºC!

Pero a decir verdad prefiero estirar todo lo posible el calorcito y aprovechar todo lo bueno que nos reporta la luz del sol que tener que dar ya la bienvenida al otoño con la gabardina puesta. Porque amigos, aunque no lo parezca, el otoño está a la vuelta de la esquina y sólo de pensar en tener que volver a guardar la ropa de verano y empezar a rescatar los abrigos me produce una pereza inmensa.

Cuando veo en las revistas esos vestidores kilométricos donde todo está al alcance de la mano, todo tan bien colocadito ya sea por colores, por temáticas o por estaciones me quedo realmente embobada ¡Y qué decir de esas colecciones de bolsos y zapatos que lucen como verdaderas joyas en amplias estanterías! ¡Pero qué pocholada! ¡Qué cuqui todo!.

Pues sí amigos, aunque suene a necia o superficial, mi sueño no es irme de vacaciones a las Seychelles ni dar la vuelta al mundo. Mi sueño sería tener un armario enorme en el que cupiera la ropa de todas las temporadas para no tener que ir arrastrando cajas de un sitio a otro cada vez que cambiamos de estación. ¡Sería fantástico!. Pero bueno, al menos he conseguido organizarme un poco mejor siguiendo los consejos de Mari Kondo y deshaciéndome de bolsas y bolsas de ropa.

Aprovechemos estos últimos coletazos del verano para disfrutar de la luz, para refrescarnos en la piscina o en la playa, para comer helados artesanos, gazpachos y toda clase de fruta, porque dentro de poco lo estaremos echando de menos. Y por supuesto, sin separarnos del abanico y la botella de agua.

¡Ánimo!

miércoles, 7 de septiembre de 2016

De nuevo por aquí

Hola amigos,

Hace varios meses que no publicaba ningún artículo en mi blog y comienzo a sentir la necesidad de volver a abrir mi ventana y dejar pasar por ella mis pensamientos, experiencias, ideas, etc.

Necesitaba reflexionar, planificar, desconectar, y eso es precisamente a lo que me he dedicado durante este tiempo.

Me he planteado cosas como abrir un nuevo blog dedicado a la moda, y me han asaltado grandes deseos de cambio. He buscado nombres nuevos para mi perfil, he garabateado logos y símbolos y me he asomado a otras plataformas, pero de momento sigo apegada a esa ventanuca florida que escogí como icono cuando inauguré mi blog hace casi dos años.

Y aquí estoy de nuevo amigos, deseando contaros cosas nuevas y aprovechando este espacio para escribir por el simple placer de escribir, esperando que desde donde sea que me estéis leyendo, mis palabras sirvan siempre de fuente de inspiración y de alegría.

¡Hasta pronto!