Mostrando entradas con la etiqueta Vacaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vacaciones. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de diciembre de 2016

Escapada a Londres

Londres es una ciudad llena de vida en donde puedes deambular durante horas y horas y encontrar a cada paso un rincón cautivador. Hacía muchos años que no visitaba esta maravillosa ciudad y reencontrarme con ella, casi treinta años después, y encima en periodo pre-navideño, con todas las calles y comercios engalanados  ha sido realmente "amazing" (asombroso). 
 
Si algo caracteriza a Londres es su capacidad para combinar progreso y tradición. Nadie como ella sabe explotar al máximo sus símbolos patrióticos y albergar, al mismo tiempo, una pluralidad de culturas y estilos que la dotan de ese carácter cosmopolita tan sumamente atractivo.
 
La ciudad conserva su intrínseco sabor en sus preciosos edificios, en sus verdes parques o en su té de media tarde que me recuerdan tanto a películas como Mary Poppins, sin embargo, tampoco ha querido resistirse al cambio, de hecho,  es una de las ciudades más avanzadas tecnológicamente hablando, y en su skyline se puede ver que han emergido relucientes edificios que reflejan lo más moderno de la City. 
 
Pasar el puente de la Constitución en Londres ha sido un planazo y, como además nos ha acompañado un tiempo excelente, hemos podido seguir a rajatabla el plan que teníamos previsto para estos cuatro días de no parar: Oxford Street, Picadilly Circus, Big Ben, National Gallery, Buckingham, Notting Hill, Portobello Road, Winter Wonderland, Covent Garden... y cómo no, el British Museum.
 
Recuerdo que la primera vez que visité el Museo Británico se me saltaron las lágrimas al ver juntas todas aquellas obras que había estudiado en mis clases de Historia del Arte. En esta ocasión tampoco he podido reprimir las lágrimas, y es que al ver de nuevo todas esas maravillas empecé a pensar sobre la extraña capacidad del ser humano para crear y rodearse de obras tan magníficas que rozan la perfección y su misma capacidad para destruir y llevar a cabo las peores atrocidades.
 
Londres es inmenso y nos quedaron muchas cosas por ver, entre ellas asistir a alguno de sus tan afamados musicales, pero por supuesto, eso será siempre una buena excusa para volver.
 
London, I'll be happy to see you again
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

sábado, 1 de octubre de 2016

Un paseo, una experiencia y una canción


Desde la barandilla del mirador de la Providencia, las tres, mirábamos embelesadas cómo embestían las olas contra el acantilado. El paseo hasta allí nos había parecido largo y caluroso debido a las empinadas cuestas y al tórrido sol del mediodía. 

Refugiadas bajo unos sombreros de paja y aferradas a nuestras botellas de agua, recorrimos el camino entretenidas, observando los bellos paisajes y haciendo divertidos selfies con el teléfono móvil.
 
El penetrante aroma que desprendía el bravísimo mar, me hizo evocar otros tiempos en los que la costa Cantábrica formaba parte de la cotidianidad de mi más tierna infancia.

Mi hija también se dejó embriagar por aquellas sensaciones pero sus pensamientos estaban en otro lugar, su mirada se dirigía hacia las alturas, donde coloridos parapentes planeaban bordeando el litoral, desafiando atrevidos la ley de gravedad. Ella deseaba estar allí arriba, volar como un pájaro, sentir el viento en su cara y notar el abismo bajo sus pies. Su juventud le impulsaba a experimentar nuevas aventuras y además, estaba impaciente por estrenar su novísima cámara de vídeo Go-Pro.

Las vacaciones en Asturias estaban siendo fantásticas. Aquella era una oportunidad para convivir abuela, madre e hija de manera relajada y cordial. Atrás dejamos nuestras diferencias y los malentendidos que, en tantas otras ocasiones, nos habían hecho entrechocar. Aquel era un viaje obligado y postergado, pues no habíamos tenido el valor suficiente, para enfrentarnos antes a los recuerdos que podían emanar de todos aquellos lugares tan vividos en el pasado.

Gijón relucía bajo el sol estival. Sus cuidadas calles estaban rebosantes de vida y sus esmerados escaparates, eran un imán para la adolescente, que los miraba con exaltación. La ciudad seguía manteniendo su actividad en calles y bares. Todo parecía estar en su sitio, tal y como lo habíamos dejado años atrás. Apenas algún pequeño detalle; un monumento nuevo aquí, una nueva tienda allá. Sin embargo, algo mucho más profundo había cambiado para siempre.

El Muro, o "paseo del colesterol", como se conoce familiarmente a la avenida que se extiende a lo largo de la playa de San Lorenzo, resultaba ser un hervidero de gente de lo más variopinta; tranquilos paseantes, ávidos deportistas, surferos con sus tablas, ciclistas, jubilados, perros con dueños y turistas sofocados por un calor que muy probablemente no habían llegado a prever.

En la playa, unos tomaban el sol refugiados junto a las escaleras de acceso, mientras que otros, se fundían en las gélidas olas que llegaban desafiantes y burlonas a la orilla. Era refrescante sentir bajo los pies esa arena húmeda que nunca se seca porque, cada día, la pleamar sube mágicamente borrando cualquier huella humana, y advirtiendo a todos los mortales de su imponente poder.

Aquel día, las tres mujeres emprendimos un largo y bello recorrido hacia la Providencia. Atrás dejamos la hermosa ciudad y agotamos el Muro internándonos por caminos algo más solitarios y recónditos. Íbamos entonando canciones y a menudo nos parábamos para contemplar hipnotizadas el mar.

Desde la barandilla de la Providencia, se oyó un ahogado lamento. Con el viento en contra y entre sofocos y sollozos, apenas fui capaz de inspirar el aire necesario para entonar aquella canción, “Lacrimosa”, esa que ya nunca podría volver a cantar sin sentirme estremecida, sin notar los ojos humedecidos por alguna lágrima huidiza. Con esa pieza de Mozart me despedí ilusionada de él, sin saber que aquel sería nuestro último adiós.

Necesitaba interpretarla de nuevo, que las notas alcanzaran el viento, que se depositaran sobre el mar y se fundieran con la blanca espuma. Deseaba que mi voz llegase a la orilla, justo allí, donde su fragancia dormía mecida por las olas en un eterno sueño; justo allí, en el lugar que tanto disfrutó y amó.

Las tres mujeres, llorando, nos estrechamos en un compasivo abrazo, resignadas por el devenir de la vida y el acontecer de la muerte. Antes de emprender el regreso a casa, una joven consiguió convertirse, por fin, en un pájaro de inmensas alas de vivos colores, y surcó el cielo sonriendo feliz, con la sensación de sentirse protegida, desde aquel bellísimo lugar, por el inolvidable amor de su abuelo.

jueves, 8 de septiembre de 2016

¡Qué calor!

La exclamación más repetida por todos los españoles durante esta semana. No recuerdo un mes de septiembre más caluroso que este, ¡Si hemos sobrepasado los 40ºC!

Pero a decir verdad prefiero estirar todo lo posible el calorcito y aprovechar todo lo bueno que nos reporta la luz del sol que tener que dar ya la bienvenida al otoño con la gabardina puesta. Porque amigos, aunque no lo parezca, el otoño está a la vuelta de la esquina y sólo de pensar en tener que volver a guardar la ropa de verano y empezar a rescatar los abrigos me produce una pereza inmensa.

Cuando veo en las revistas esos vestidores kilométricos donde todo está al alcance de la mano, todo tan bien colocadito ya sea por colores, por temáticas o por estaciones me quedo realmente embobada ¡Y qué decir de esas colecciones de bolsos y zapatos que lucen como verdaderas joyas en amplias estanterías! ¡Pero qué pocholada! ¡Qué cuqui todo!.

Pues sí amigos, aunque suene a necia o superficial, mi sueño no es irme de vacaciones a las Seychelles ni dar la vuelta al mundo. Mi sueño sería tener un armario enorme en el que cupiera la ropa de todas las temporadas para no tener que ir arrastrando cajas de un sitio a otro cada vez que cambiamos de estación. ¡Sería fantástico!. Pero bueno, al menos he conseguido organizarme un poco mejor siguiendo los consejos de Mari Kondo y deshaciéndome de bolsas y bolsas de ropa.

Aprovechemos estos últimos coletazos del verano para disfrutar de la luz, para refrescarnos en la piscina o en la playa, para comer helados artesanos, gazpachos y toda clase de fruta, porque dentro de poco lo estaremos echando de menos. Y por supuesto, sin separarnos del abanico y la botella de agua.

¡Ánimo!

sábado, 2 de abril de 2016

La Bella Donostia, una ciudad que enamora


Siempre había oído hablar de San Sebastián como una de las ciudades más bonitas de España y aunque nunca lo puse en duda quería comprobarlo por mí misma, así que este año nos decidimos por fin a pasar las vacaciones de Semana Santa en este precioso lugar que nos cautivó desde el primer momento. 


Quizá sea por mi condición de montañesa y de haber nacido en Cantabria que adoro el norte, sus pueblos, sus gentes, sus prados verdes y sobre todo ese mar azul intenso que impone fuerza y carácter a esta bella tierra. Por eso, cada vez que lo visito me siento como si volviera a mis raíces, a mi casa, y en esta ocasión no ha sido para menos, no en vano algún apellido vasco tengo.

He de decir que descubrir Donostia y sus alrededores ha sido todo un planazo. Desde el hotel Gudamendi en el que estuvimos alojados, en lo alto del Monte Igeldo, la panorámica de la ciudad es inmejorable y aunque tiene el inconveniente de que es necesario utilizar el coche para ir y venir al centro de la ciudad, merece la pena por la tranquilidad y el espacio natural que ofrece, aparte de que permiten llevar mascotas, lo cual fue casi el motivo principal por el que escogimos este alojamiento que para nosotros fue todo un acierto.

Lo primero que llama la atención cuando se llega a Donosti es la tranquilidad de sus calles y la majestuosidad de sus edificios que evocan tiempos de la Belle Époque en los que la aristocracia española escogió esta ciudad como lugar de veraneo siguiendo los pasos de Isabel II. Desde entonces, San Sebastián se ha vestido de palacetes y delicados ornamentos urbanos que le dan un  toque de distinción y son una marca inconfundible de la ciudad.

San Sebastián, o lo que es lo mismo, Donostia, es señorial y vanguardista, surfera y chic, abertzale y moderna. Es ante todo una ciudad que es fiel a sus tradiciones y que vive abierta a toda cultura respetando las diferentes corrientes y tendencias que allí confluyen. Y es precisamente en el Paseo de la Concha, lugar emblemático de la ciudad, donde pudimos apreciar este ir y venir de personajes dispares, tan distintos entre sí pero vinculados por una ciudad que acoge a todos y a cada uno de ellos, y sí, a turistas como nosotros también.

La Playa de la Concha es una de las tres playas urbanas que bordean la ciudad y es sin duda la más enigmática y bella de todas ellas. Abrazada por los montes Igeldo y Urgull, me llamó la atención su forma envolvente y la placidez de sus aguas que suben y bajan al compás de las mareas y que contrasta con la bravura de las olas que azotan toda la costa cantábrica y en especial, en Donosti, a la playa de Zurriola, santuario por excelencia de surferos que disfrutan con sus tablas y trajes de neopreno galopando sobre las embravecidas olas. La Concha es símbolo de la ciudad y es obligado disfrutar de su paseo dejándose hipnotizar por su mar, por el suave colorido de sus atardeceres, descubrir los misteriosos palacetes que miran desde el otro lado de la carretera  o incluso dejarse asombrar por alguno de los espectáculos que a menudo improvisan un sinfín de artistas callejeros.

Son muchas las cosas que nos enamoraron de esta ciudad, su estilizada catedral del Buen Pastor, sus románticos puentes sobre el río Urumea, el Palacio Miramar que destaca sobre la bahía con un estilo muy diferente al que ostentan el resto de edificios y que me recordó un poco a los típicos cottages ingleses, los jardines tan bellamente dispuestos por diversos enclaves de la ciudad, el paseo del Boulevard, el ambientazo de la Parte Vieja, y por supuesto su gran oferta gastronómica que seduce a todo el que le guste el buen yantar. A nosotros nos encantó probar sus deliciosos pintxos y aprovechamos que todavía estábamos en la temporada txotx para degustar la refrescante sidra natural y cómo no el afamado txacolí.

En nuestra escapada a Donostia no pudimos resistirnos a acercarnos a nuestro país vecino a conocer la bonita y elegante ciudad costera de Biarritz, y otra vez, de nuevo, en Euskadi, visitar otros afamados pueblos con un arraigado sabor a mar como Mutriku, Getaria y Zarautz donde el carácter del pueblo vasco se asoma en cada uno de sus rincones, despertando los sentidos a todo aquel que se deja llevar por la belleza de sus paisajes, la alegría de sus gentes reflejada en su música, en sus danzas, en su afición por el deporte y en particular por la bicicleta. En definitiva, Donostia es un destino obligado con múltiples planes que poder hacer y donde no me cansaría de visitar una y otra vez.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Desconectar de la rutina

¡No me puedo creer haber estado 3 días desconectada de Internet, televisión y cualquier otro medio de comunicación y haber sobrevivido! Es más, regresé como nueva, con  la sensación de haber aprovechado el tiempo al máximo y con ganas de volver a repetirlo. Fue un fin de semana largo que me pareció corto, en el que compartí charlas, risas y vivencias con unos buenos amigos en un lugar singular. 

Ir de casa rural es uno de los planes que más me gustan para una escapada de fin de semana. Este tipo de alojamientos tienen un encanto especial, sobre todo si la casa guarda ese sabor  de antaño y que algunos propietarios saben bien cómo conservar rescatando materiales, muebles y enseres que aportan una nota cálida a esos robustos muros de piedra que aíslan el hogar de las posibles inclemencias del tiempo. 

Me encantan las vigas de madera vista, los suelos de barro, las alacenas antiguas, las camas con dosel o cabezales antiguos y con mullidas colchas que invitan al descanso. Las flores en el alfeizar, el porte de las chimeneas, los vistosos azulejos en la cocina, las cortinillas debajo del lavabo, los mil y un detalles, en definitiva, que te transportan quizá a otra época, a otras formas de vida, y que estando allí, observándolas, llegas incluso a plantearte vertiginosos cambios.

Es otro ritmo de vida en el que la naturaleza cobra protagonismo. Te despiertas con los primeros rayos del día, abres la ventana y observas una maravillosa obra de arte, un cuadro pintado con los colores del otoño donde las pinceladas descubren esbeltos árboles, redondeados setos, casitas con sus tejados a dos aguas, chimeneas encendidas y percibes un intenso olor a romero y a leña que te indica que ya hay vida. Desayunas un esponjoso bizcocho hecho con productos ecológicos y te tomas un café de puchero, o de Melita, o de lo que sea, y curiosamente no echas en falta tu matutino Nespresso.

Luego sales a disfrutar del día, a recorrer senderos perdidos, a buscar setas escondidas o a conocer pueblos con historia, donde los paisanos te miran curiosos y te ofrecen sus productos de la huerta. España es un país de gran riqueza y tenemos muchos rincones aún por conocer.

Y  después del ajetreo llega la hora de la comida y aprovechas para degustar los platos de la región, y comes sin prisa, y entre risa y risa te dan las mil. Empieza a caer la noche y paseas por el pueblo, asomándote por las verjas de otras casas desde donde se perciben cálidas luces y se perfilan sombras de gentes que hablan, cantan, o simplemente reposan tranquilas, quizás leyendo, en un desgastado sofá. Y sí, la imaginación me asalta, y me veo allí, en una de esas casas de piedra, retomando mi afición por la pintura, decorando la casa con ilusión, cuidando hortensias en el jardín, y jugando con tres o cuatro perros a la vez.

Volveré a la rutina, a escuchar el despertador por la mañana, a desgastar el tiempo en atascos incomprensibles, a teclear mil letras en mi portátil, a contestar e-mails, llamadas, mensajes, whatsapps y todo lo que la tecnología se inventa. Volveré a casa por la noche y sentiré que queda menos para el viernes y soñaré con volver a  disfrutar de esas rutas, de esos lares, de esos aromas que me hipnotizan, de esos aires limpios y puros, de esos paisajes que cambian con las luces del sol y las nubes.


sábado, 29 de agosto de 2015

La rentrée

Hola amigos,
Aquí estoy de nuevo tras unas formidables vacaciones en las que he disfrutado de mi familia, del sol, de la playa y cómo no de la apetecible siesta española.
 
Echaré de menos ese dulce “far niente” interrumpido tan sólo por momentos en los que uno debe decidir a qué playa ir o qué excursión hacer. Recordaré esos días playeros leyendo bajo sombrillas de brezo o resguardados bajo las verdes pinadas que abrazan las idílicas calas de Mallorca. Esos baños en un mar transparente, buscando el relax total, descubriendo los pececillos que pasan por tu lado o divisando el horizonte montañoso de la sierra tramontana.
 
Los paseos por la orilla del mar, el murmullo de las olas, el calor de la arena y el delicioso sabor de las frutas de temporada. ¡Al rico coco, la melona, anana! ¡Vitamina para el cuerpo, yeah! Canturreaba por la playa un vendedor de frutas que esperábamos divertidos cada día. ¡Qué sandías! ¡Qué melocotones! ¡Qué alegría de vida!.
 
Visitar lugares con encanto como Sóller, Alcudia o Valldemossa, pasear por el centro de Palma y descubrir mil y un rincones de ensueño. Arriesgarte a volar en paracaídas y columpiarte en lo alto sintiendo la brisa sobre tus pies descalzos y percibiendo bajo ti un inmenso colchón azulado.
 
Sí, estas han sido unas vacaciones completas, en las que he descansado y he recargado pilas dispuesta a afrontar una rentrée sin bajones ni depresiones, con la sonrisa puesta y el piloto de la ilusión encendido para emprender un nuevo “curso” atenta a las novedades que nos sorprendan. De momento, el reencuentro con los compañeros ha sido un buen aliciente para emprender sin penas septiembre, pero hay otras motivaciones, como los nuevos propósitos que cada año nos hacemos, o quizás, no tan nuevos...
 
¡Feliz rentrée!